jueves, 23 de abril de 2015

“CENIZAS EN LA ETERNIDAD”


V CENTENARIO DE SANTA TERESA
"Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero, 
que muero porque no muero".
                                                                                              (Relato ganador día del libro)

“CENIZAS EN LA ETERNIDAD”
                                      
     Las historias, esas historias que empiezan  con un orden, por el principio y terminan por  el final. Esas historias, novelas y cuentos reales. Pero... ¿Novelas y cuentos reales?
     Pues sí amigos. Mi nombre es Ramón Espina y esta es mi historia.

     El reloj marca las 06:00. Las manos de mi hermana Esther, me parecen cuchillos en su intento de despertarme: ¡Venga Ramón! ¡Tenemos que ir con papá!” -Me dice  entusiasmada-  pues nuestros padres están separados  y  hoy nos dirigimos hasta Atocha para verle.

     Entre los estiramientos y bostezos que doy para despertarme, miro de reojo el libro que nos han mandado en clase: “El Quijote”. Un cuento, no es real, ¡buah!.  Tendré que ir en el tren leyéndolo. Miro hacia  otro lado y veo mi walkman con el disco de Extremoduro que me compró mi madre. Cambio de planes, iré escuchándolo en el tren.

     Mi hermana ya está lista, pero yo no quiero irme. ¡ Uff, vaya entuerto! Unos días aquí y otros días allá. Además estoy triste con mi padre y se lo comento a mi madre. Ésta me responde:
                                 “tristeza y melancolía no las quiero en casa mía

 ¿Qué dice esta mujer?. Luego se despide de nosotros y le pregunto a mi hermana el significado de aquella frase. Me dice, que es una frase de Santa Teresa. ¡Vamos que ni idea de quién es!
    
      La única frase que se encuentra en mi cabeza es:  “Y dejar de lado la vereda de la puerta de atrás” “Ni idea de quién es ¿eh?” - Me dice-, me lee la mente:
-          “Era una persona maravillosa, ayudaba a todos....”
-          “¡Vale, vale!” la interrumpo y su cara de pocos amigos me hace tragar saliva.

     Bajamos la calle Escritorios y cuando llegamos a la calle Cervantes llega el autobús. Nos subimos y éste nos lleva al Paseo de la Estación, que cruzamos para llegar al edificio de Renfe. En la estación todo está tranquilo, como el mar  en tiempo de  bonanza.

     Pasan los siete minutos que se indicaban en el cartel y el tren llega. Subimos a él. De repente, veo a un tipo con una mochila, mirando a todas partes, deja la mochila y se baja. ¡Qué raro! Y en ese instante, a la torpe de mi hermana se le cae el dichoso libro y no sé por qué lo cojo, lo abro y comienzo a leerlo.
     Me engancho a la novela de mi paisano Miguel.... Pero algo me aturde, esa mochila...

Me levanto para cogerla y mi hermana me propina  un tirón
-          “¡Ni se te ocurra tocarla!”- Me dice.

     “Próxima estación, Atocha”.  ¡Por fin! Mi hermana y yo nos organizamos para bajar y… de pronto, todos los ocupantes del vagón saltamos tras  un estruendo que cada vez se oye más cerca.      
     La gente grita. Una bofetada nos sacude, me siento ciego, como Don Quijote ante sus gigantes. Se apagan las luces, algo me cae sobre el brazo y en esa ínsula  de incertidumbre, sólo pienso en mi hermana.
     Oigo llantos, mi brazo no se mantiene. Humo, gritos.... En medio de tanta  gente, la veo, casi sin vida y entre lágrimas, la hablo. Al instante llegan los bomberos, intento acompañarles pero no me dejan. Me trasladan a un polideportivo y mientras espero a mis padres, observo la gran  gesta de las personas que ayudan, como zagales de un mismo pastor, ¿Será el llamado amor? Yo no creo en eso, después de lo ocurrido… y encima mi hermana, a la que más quiero, puede que esté muerta.

     Entre tanto, llegan mis padres, que llorando me abrazan. Les pregunto por Esther, no encuentran las palabras. Se miran el uno al otro con temor, su gesto lo dice todo.  Entonces comprendo, con el alma rota, que mi hermana se ha ido.

     Han pasado 12 años de lo ocurrido, mis padres están otra vez juntos y mi entorno es una morada de felicidad, aunque el recuerdo de mi hermana y el de tantas otras  personas sigue presente.
     Después de aquello, cada día,  con esta frase, agradezco que estoy vivo:
                              “Es para mí una alegría oír sonar el reloj, veo transcurrida una hora más de                               mi vida y me creo un poco más cerca de Dios”.

     Al final las novelas pueden ser reales, Don Quijote y su corazón está en muchas personas. Y todas las historias no siempre tienen que empezar por un principio, la mía ha empezado por el final y voy a acabar diciendo: “En un lugar de la Mancha...
     Laura Labrador Rodríguez.

2º B – ESO


ALUMNOS 2º de ESO

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